Historias de Gramola: Las cartas del soldado (por Miriam Alonso)

En el ático de la casa de mi abuela, había un baúl polvoriento.
Siempre me pregunté qué guardaba allí, protegido el tesoro por aquella atmósfera cálida, de partículas levitando al atardecer.
No tardé en descubrir que se trataba de la correspondencia mantenida, durante años, con un soldado que no era mi abuelo. Un hombre del que ella recibió las más tiernas y enamoradas palabras…
Aquel chico, héroe, aquella persona, escribía a su amada arropado por las estrellas, en las noches más frías, cuando estaba tan lejos, y solo podía acercarse a ella gracias a una hoja amarillenta de papel, y un tintero maltrecho.
Os mentiría si dijera que no me conmoví leyendo sus cartas, que no me rodó una lágrima al imaginar a mi abuela con el corazón palpitante, y el pulso acelerado, respondiendo a su amante en secreto, diciéndole todas aquellas cosas bellas que formaban en torno a él, una película de amor protectora, una capa de invisibilidad que le haría regresar sano y salvo a casa…
Solo encontré una carta escrita por ella entre aquel hatillo. Una carta con caligrafía maltrecha, de esa que se hacía notar entre suspiros de 1916.
Se despedía del soldado, y lo hacía, como solo una mujer enamorada puede hacerlo:
Firmando aquella nota amarillenta, que nunca saldría del baúl, con un rotundo, contundente, clarísimo, y bellísimo Te quiero.

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